El opinaderoLa voz de la experiencia

Entre vuelos, carreteras y vides: crónica de una visita a Casa Madero

La voz de la experiencia

Entre vuelos, carreteras y vides: crónica de una visita a Casa Madero

 Gonzalo Enrique Bernal Rivas

Por cuestiones de trabajo nos encontrábamos en camino a Saltillo, Coahuila, viajando en avión del aeropuerto del Bajío a Monterrey y en avioneta de Monterrey a Saltillo. Aunque la idea de hacer una excursión a una famosa bodega vinícola ubicada cerca de Parras apenas había cruzado mi mente en los días previos al viaje, en el camino visité el sitio web de la empresa para consultar los horarios de los recorridos. No había disponibilidad. Con pocas esperanzas le envié un mensaje a la administración indicando mi interés y el de dos compañeros de viaje por visitar el lugar. Para mi sorpresa respondieron y pude reservar lugares para hacer un recorrido.

Esa noche, al llegar a Saltillo, revisé la ruta desde donde me encontraba hasta el sitio y me di cuenta de que serían necesarias casi dos horas de viaje en coche y el doble en autobús (si averiguábamos cuál era y dónde tomarlo). El transporte público que aparecía en el navegador no era un número de autobús sino una aplicación (que no uso y que pensé que servía solamente para ordenar comida a domicilio). En definitiva, el transporte público no era una opción considerando que debíamos regresar pronto para cumplir con nuestras obligaciones laborales. Frente a esto, descargué la aplicación y me fui a la cama.

A la mañana siguiente, mis compañeros se reunieron conmigo. Llamé al auto y luego de una carretera muy recta y plana llegamos con un retraso de media hora a la tienda de Casa Madero, ubicada en un edificio independiente en el acceso principal de la vinícola. Luego de negociar con los encargados, aceptaron ofrecernos una visita de dos horas y media que se ajustó a nuestro horario (acordamos con el chofer que nos esperaría dadas las limitadas opciones de transporte) y que estaría integrada por tres partes.

Primero, dimos un paseo en una camioneta tipo safari avanzando por caminos (algunos cubiertos por vides silvestres) y circulando entre el viñedo Santa Bárbara (el principal de la empresa) y el viñedo Valle Oriente (donde se cultivan uvas orgánicas). El guía señaló datos relevantes como el hecho de que Casa Madero fue la primera bodega de toda América, iniciando su producción en 1597. También nos propuso dos paradas para apreciar el panorama general de los viñedos y para explicarnos las partes de la vid. Aunque esta exposición estuvo llena de palabras técnicas como “zarcillos” (los filamentos que ayudan a la vid a trepar), “espalderos” (los alambres de los que la vid se sostiene) o “sarmientos” (las ramas de las que brotan las hojas y racimos), fue muy interesante.

Después, recorrimos la bodega, donde nos explicaron el proceso de elaboración del vino. Además de otros tecnicismos como el mosto (jugo de uva antes de ser fermentado), aprendimos que para hacer vino blanco no se usa la piel ni las semillas de las uvas y que no pasa por barrica sino que está de 4 a 6 meses en botella; que para elaborar vino rosado la piel y las semillas se maceran de 3 a 6 horas para darle color a esta bebida y que tampoco pasa por barrica; y que para producir vino tinto la piel y las semillas se dejan de 6 a 10 días macerando, y que luego de varios procesos pasa por barrica, 1 año si es reserva y 2 años si es gran reserva. También nos relataron algunos de los sucesos más importantes del lugar como cuando Evaristo Madero compró el sitio (entonces la hacienda de San Lorenzo) en 1893, el cual sigue perteneciendo a la misma familia.

Finalmente, hicimos una cata en la que degustamos un vino blanco y dos tintos, mientras el guía nos explicaba como apreciarlos usando los cinco sentidos, incluyendo por supuesto otros tecnicismos como las piernas (las gotas que descienden por la copa al agitar el vino y que indican la cantidad de alcohol presente en él). Probamos una botella de 2V, un vino blanco de 2024, que maridamos con queso semi cremoso de cabra, uvas blancas y tostadas con ajonjolí; un Cabernet Sauvignon de 2023, que acompañamos con queso semicurado de cabra; y un Gran Reserva de 2021 que combinamos con jamón serrano y queso manchego.

La visita terminó en dónde inició, en la tienda. Personalmente pensé que valía la pena comprar una botella de vino, pero tendría que ser una que no pudiera encontrarse más que en Casa Madero. Opté por una botella del primer y único vino orgánico que se produce en México, y cuya producción se limita a solamente entre cien mil y doscientas mil botellas de vino blanco al año, y de la misma cantidad de tinto. El regreso a Saltillo, y después al Bajío transcurrió sin contratiempos. No he abierto la botella todavía (por cierto, elegí el vino blanco, que se elabora con uvas Chenin), pero confío en que no me decepcionará. Sin duda, a pesar de la distancia que hay que recorrer para llegar al lugar, visitar Casa Madero es una experiencia imperdible para quien desea aproximarse al estado de Coahuila, y también para los amantes del vino, de la historia de México y del medio ambiente.

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba