La voz de la experiencia

Ella es única

Por Gonzalo Enrique Bernal Rivas

En la superficie las olas golpeaban con fuerza los acantilados cercanos al pueblo de Teluria, mientras que en el fondo del mar las aguas estaban simplemente agitadas.  La tempestad era solamente eso, una tormenta que no anunciaba ningún acontecimiento especial, simplemente coincidió con el nacimiento de Marina. Su llegada al mundo no fue extraordinaria, el parto fue normal, su peso era promedio, el tamaño de su aleta era el esperado y su color era el más común: gris obscuro. Al igual que el resto de las sirenas, Marina nadó al nacer y con el paso de los días y de las semanas perfeccionó sus movimientos. Su niñez transcurrió como la de cualquier otra sirena o tritón, y en comparación con sus hermanos y amigos, no destacaba por ningún motivo en particular, hacía lo mismo que todos, nadaba, subía a la superficie a cantar en las tardes y se divertía jugando con los caballitos de mar. De hecho, Marina era superada fácilmente por otras sirenas que conocía de cerca, su amiga Susana era mucho más inteligente, podía reconocer a casi cualquier criatura marina solo con verla; su vecino Clarión tenía una aleta tornasol que deslumbraba a cualquiera; y su hermana Larissa tenía una habilidad increíble para reparar casi cualquier cosa.

Los años pasaron y Marina pasó de ser una sirenita promedio a ser una sirena adulta promedio. Hacía lo que se espera de una sirena, nadar, cantar, y repetir. Hasta que una tarde de abril, mientras tomaba el sol en la única playa arenosa de Teluria, conoció a Garah, una humana.

—¿Qué haces? —preguntó Marina.

—Caminando para relajarme un rato —contestó Garah mecánicamente hasta que vio a la criatura que le hizo la pregunta—. ¡Eres una sirena!

—See — dijo Marina indiferente. —Pero, ¿qué te preocupa?

—Mi abuelo murió y me heredó una casa enorme —explicó Garah, tratando de no indagar sobre la naturaleza de la sirena al ver su reacción.

—No parece un problema.

—Es que no sé qué hacer con ella. Podría convertirla en una posada, pero ya hay dos en el pueblo, el hotel “de cadena” y un montón de airb&bs. No vienen tantos turistas tampoco. —se quejó la humana.

—¿Qué tiene la casa que esos lugares no tengan?

—Pues, tiene alberca. O quizá debería pensar en otro negocio —suspiró Garah.

—Podrías rentarle la alberca a una escuela de natación o hasta poner una escuela tú.

— No sé nadar. Necesitaría conseguir maestros de natación. Oye, ¡tú sí sabes nadar! ¿Qué tal si…?

—¿Qué? ¿Te picó una medusa? Puedo nadar en agua dulce, pero ¿cómo llegaría a la alberca?

—Ya lo resolveremos —aseguró Garah.

Desde ese día, Marina y Garah se volvieron socias y crearon una escuela de natación que ha alcanzado fama mundial por ser la única en la que enseña una auténtica sirena; la casa se convirtió en un hotel sin alberca, desde donde los huéspedes (los afortunados que logran conseguir una reservación luego de una lista de espera que supera los 2 años) no pierden la oportunidad de observar las clases de la sirena. Hace poco, una reconocida revista dedicada a la hospitalidad visitó el hotel y entrevistó a un niño del pueblo que asiste todos los martes y jueves a la clase de natación.

—¿Por qué te gusta venir a clases con Marina?

—Porque, aunque hay muchas sirenas aquí en las costas del pueblo, ella es la única que decidió venir a enseñarnos a nadar. Ella es única.

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