La voz de la experiencia

La predicción del 7 de julio

La Voz de la experiencia

La predicción del 7 de julio

Por Gonzalo Enrique Bernal Rivas

No quedó ni una gota. Lavinia, una joven de piel blanca, ojos oscuros y voz cálida, se había tomado todo el contenido de aquel frasco diminuto y misterioso ese día de enero.

—Este año, antes del día 7 del mes 7, tu amor verdadero te regalará un dispositivo electrónico y deberás regresárselo en el lugar donde te lo dio o lo habrás perdido para siempre —explicó Sandra, una bruja.

Pensando en el poder del brebaje consumido, Lavinia regresó a su casa. Mientras caminaba se preguntaba ¿quién le regalaría un dispositivo electrónico? ¿De qué tipo sería? ¿Por qué razón un desconocido se lo daría? ¿Cuándo recibiría el regalo? Faltaba medio año para el 7 de julio. Quizá todo era una estafa.

El 7 de julio de ese año, la joven se preparó para la rutina diaria. Su trabajo como funcionaria en un banco cercano transcurrió con normalidad. En la tarde, de regreso a casa, Lavinia pasó por los locales comerciales que veía a diario. Saludó a algunas caras familiares y recibió distraída un par de volantes.

La mujer llegó a casa, se quitó los zapatos y dejó en la mesa de la entrada su portafolio, su bolso de mano y sus llaves. Los volantes fueron a dar directamente a la basura, pero uno de ellos tenía algo brillante pegado con cinta masking. Lavinia lo recuperó.

—¿Un chip? ¿Qué día es hoy? ¡Es 7 de julio!

Alarmada por la advertencia de la bruja, salió corriendo de su casa con el volante en mano. Con un sentimiento de derrota al ver la tienda cerrada se sentó en el escalón de acceso al local, justo frente a la puerta principal y clavó su mirada en la banqueta.

—Buenas tardes. ¿Me das permiso de pasar?

Lavinia levantó la mirada y vio por primera vez a Adrián, un hombre que parecía tener su edad, alto, moreno y con una sonrisa amable. Tenía unas llaves en la mano y quería entrar al local.

—Buenas tardes. Claro, pasa.

Aunque apenada, Lavinia reunió el valor para asomar la cabeza al local para asegurarse de que aquel joven era quien ella creía.

—Perdón, ¿tú eres el único que reparte los volantes en esta tienda?

—Sí.

—¿No crees que le salga muy caro al dueño regalar un chip en cada volante?

Adrián vio el chip pegado al papel y lo reconoció enseguida.

—Yo soy el dueño, pero solamente regalé un chip.

—¿Por qué?

—Una adivina me dijo que debía regalar un dispositivo electrónico al azar este año, cualquier día antes del 7 de julio si quería conocer a mi alma gemela y que ella me lo devolvería. No sabía si debía creer o no, pero decidí seguir las instrucciones en el último momento.

—¿Cómo se llama la adivina?

—Sandra.

Lavinia es ahora gerente del banco y Adrián compró el local vecino al suyo para ampliar su tienda. Este año cumplieron veinte años de casados. Para celebrar ellos y sus dos hijos, Sandra y Julio, hicieron un viaje. Adrián llevó consigo su celular en el que conserva el regalo que le fue devuelto: un chip.

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