El árbol de los dientes

La Voz de la Experiencia
El árbol de los dientes
Gonzalo Enrique Bernal Rivas
Sarah, una niña de seis años llena de energía, corría a toda velocidad en el jardín de su casa cuando, de pronto, ¡zas! cayó aparatosamente sobre el pasto.
—¿Te lastimaste? —preguntó su mamá sacudiendo el pantalón de la niña.
—No, mamá, estoy bien.
—¡Sarah, tu diente ya no está! —exclamó la mujer, señalando una enorme “ventana” que se abría en la boca de la pequeña.
—¿Dónde está, mamá? —preguntó tocando su encía—. Tenemos que encontrarlo para dejárselo al ratón.
Sarah y su mamá pasaron el resto del día buscando el diente, pero nada. El diente había desaparecido. A los pocos días, Sarah pensaba mucho en él. Luego de algunas semanas, pensaba menos.
Un día lluvioso de verano, Abel, el jardinero, estaba cortando el pasto del jardín de la familia de Sarah, cuando se detuvo frente a lo que parecía el brote de un árbol.
—Señora, creo que está saliendo un limón ahí, en el centro del jardín—informó el hombre a la madre de Sarah —. ¿Lo corto?
—No, Abel—respondió de inmediato la mujer—necesitamos sombra en el jardín y unos limones nos vendrían bien para la temporada de calor.
El jardinero siguió las instrucciones de la señora, lo regó, le puso abono y le quitó la maleza. Después de meses el árbol ya alcanzaba unos centímetros, mientras que Sarah casi nunca pensaba en el diente perdido. Años después, el árbol daba ya buena sombra y Sarah se había olvidado por completo de aquel diente perdido en una caída cuando era niña.
Un día soleado, sin que nadie lo notara, de una de las ramas del árbol brotó una flor blanca que nunca se había visto. Y luego brotó una docena más. No eran flores de azahar como esperaba Abel. Eran diferentes, blancas, pero con olor a clavo y cada uno de sus cinco pétalos tenían una forma rara. Las flores fueron polinizadas y algunos meses después cada una se transformó en un fruto verde y ovalado. Para entonces, Sarah y su familia habían notado la presencia de aquellos frutos desconocidos y estaban ansiosos por probarlos, pero siguiendo el consejo de Abel, esperaron a que tuvieran un color brillante.
Un jueves de octubre, al mediodía, la madre de Sarah decidió que los frutos del árbol estaban listos para cortarse. Armadas con una escalera, unas tijeras y un cesto, la mujer y Sarah cortaron todos los frutos, unos doce, y los llevaron a su casa.
La mamá de Sarah lavó los frutos, los secó y le pidió a Sarah que los cortara. Parecían limones, así que con ellos harían limonada. Sarah tomó un cuchillo y cortó por la mitad el primer fruto.
—¡Ahhh! Mamá—gritó horrorizada Sarah —¡hay un diente en el limón!
—No es un diente, Sarah, es una semilla.
—Pero mira mamá, está muy duro, no se puede romper como una semilla normal. Y esto no es un limón, mamá, huele raro.
Entonces, la mamá de Sarah recordó aquel diente perdido en el jardín hacía años.
—Corta las otras frutas, hija—ordenó la mujer.
Sarah hizo lo que se le pedía y encontró un diente en cada una de las frutas que partieron ese día. Entonces la mamá de Sarah explicó lo que todos sospechaban, pero que no se atrevían a decir: un árbol de dientes había crecido del diente que Sarah había perdido cuando era una niña pequeña en el jardín. Sarah tomó el puñado de dientes y lo puso debajo de su almohada. En la mañana su sorpresa fue grande al descubrir que el ratón le había dejado 50 pesos por cada diente. Estaba decidido: había que cuidar muy bien ese árbol que en lo sucesivo les daría muchos dientes…y mucho dinero.



