EN LA COMBI

Ecos del Espíritu
Iván Juárez Popoca
Estoy volviendo de una comunidad en una combi del transporte público. Hace calor y una mujer de grandes cachetes nos pide que abramos una ventanilla, pero no se puede, está atorada. “Tiene su maña” -dice el chofer- si quiere dejo abierta la puerta. “¡Sí!” apoya la mayoría y el conductor mueve la palanca para que el aire circule. “Nomás tenga cuidado señora: no vaya a salir volando” advierte el transportista, divertido. “Y ahorita les prendo la televisión”, agrega en tono irónico. Todos reímos.
Un joven pobremente vestido casi grita: “Cuando menos había de poner música”, Ahorita mismo, asiente el chofer y pone a todo volumen un corrido tumbado con Peso Pluma donde se menciona a la muerte “¡No chingue” dice el muchacho, si no nos queremos morir todavía y menos a lo pendejo como esos batos”. Nos gana la risa y una viejita propone que mejor ponga una para bailar. “Pero aquí no hay espacio” comenta una muchacha guapa que guarda el labial con el que se estaba pintando. “Ahí nos acomodamos” dice la anciana, provocando más risas, al tiempo que el conductor pone una cumbia tan alegre que hace que nos movamos en nuestros asientos.
“Usted ha de ser bien bailadora” le dice un señor a una mujer madura que mueve los hombros con buen ritmo. “No que va…si ya me duele la ciática, además de que tengo diabetes, presión arterial y me duelen las piernas” “¡Uy ya deje una enfermedad para nosotros…solicita el joven causando la hilaridad de todos. Yo nomás tengo una enfermedad que es el alcoholismo….”ah no -replica la mujer- eso está muy mal; yo enfermita pero muy feliz.”
Una niña de cabellos negros y mirada brillante observa, esbozando una sonrisa. Otro pasajero pide que pasen el cobro del pasaje y extiende un billete, el cambio pasa de mano en mano hasta su dueño. Pasamos por un tope y todos brincamos sin querer. ¡”Orale, que venimos bailando!” se queja alguién y la gente se desternilla de risa.
La música continúa y por un momento todo me resulta perfecto; veo algo bueno, alegre: una unidad más allá de la violencia, de las divisiones fanáticas; simplemente un grupo de mexicanos reaccionando de una manera espontánea y real. Recuerdo y siento un poema de Bukowski donde se ve envuelto en una atmósfera especial en una cafetería al borde de la carretera y donde manifiesta que se hubiera quedado para siempre. También siento el deseo de hacer infinito este viaje, escapando de los problemas cotidianos, del egoísmo, las mentiras y la mezquindad que privan en la sociedad.
La señora enferma hace la parada. “Ahí me manda alguna de sus enfermedades por whatsapp” pide el joven alcohólico. La señora grita “!Claro que sí, para que me ayude” contesta la mujer.
Llego a mi destino. Al bajar siento la energía del grupo sobre mí y, aunque no suelo hacerlo, por parecerme algo mecánico, me sale del corazón decir “Gracias, que pasen un buen día” y hasta agrego: ¡Que Dios los bendiga!



