¿QUE HACEMOS CON LA ABUELA?

Crónicas del Espíritu
¿QUE HACEMOS CON LA ABUELA?
Iván Juárez Popoca
Imagino a una mujer indígena muy joven y agraciada, que había sido vendida como esclava por su propia familia. Un día llega al pueblo un hombre extraño, de muy lejos, que ostenta un halo de autoridad y a quien le es obsequiada según los usos y costumbres. Desde que la vio llamó su atención, no solamente por su belleza, sino por su personalidad fuerte y vivaz. Ella captó en su nuevo amo un poder que presagiaba tormentas y que prometía la construcción de un orden nuevo. Esto ejerce sobre ella una gran atracción, además, siempre había tenido que obedecer y, dentro de su cultura, su deber era ceñirse a la voluntad del hombre.
Se las ingenia para demostrarle al extranjero que habla dos idiomas que pueden serle de utilidad. De hecho, esa circunstancia le permitirá traducir y ponerlo en comunicación con otros pueblos originarios para lograr alianzas en contra del poder que dominaba la región.
La muchacha es tan inteligente, que en poco tiempo aprende la lengua de su nuevo amo, quien no deja de ser un guerrero manipulador y violento, como han sido todos los conquistadores de la historia.
Sin embargo, por primera vez, ella se encuentra con alguien que le otorga dignidad, que la trata con cierta consideración y, a veces, hasta con dulzura. Se vuelven pareja: ella practica lo que dentro de su tradición le habían enseñado: obediencia y colaboración. Por otra parte, se da cuenta de que el ganarse un lugar junto a ese líder será una forma de sobrevivir.
Ella no le debía nada al pueblo que iba a ser atacado. Por el contrario, podía quejarse del maltrato y explotación por parte de los que la habían expulsado. Así que no puede hablarse de traición: estaba, como los demás indígenas que se unieron al conquistador, representando a comunidades diferentes luchando por su libertad y con el plato de la venganza bien servido.
Ella no solamente traducía palabras, sino gestos, actitudes, códigos, política…sin ella difícilmente el extranjero, de nombre Hernán y venido de Castilla, hubiera logrado sus objetivos. Ella era Malinalli Tenépatl.
Su apellido significa «la que habla con viveza» y así lo hacía ante la sorpresa de los jefes que jamás habían visto a una mujer participando en conversaciones «de hombres» y menos influyendo en discusiones y acuerdos.
Ya no era una víctima: era una aliada en pos de una meta. Sobrevivió a enfrentamientos y conjuras, siempre mostrando determinación y astucia, además de una lealtad a toda prueba.
De su vientre nació un hijo que sería mestizo y por el que había luchado desde antes de su nacimiento.
Fue bautizada y se convirtió en “doña Marina”, una señora que, después de la victoria, tuvo propiedades, respeto y un poder que utilizó muchas veces para dirimir peleas y para proteger a su gente.
Con el paso del tiempo se construiría una nación mediante la interacción de dos sangres y dos culturas. Imagino que Malinalli es, simbólicamente, la madre de esa nueva sociedad, la abuela lejana de todos los mestizos. Sin embargo, en el siglo XIX, políticos metidos a historiadores, la culparon de una manera por demás ideológica y machista; convirtieron su nombre en sinónimo de traición. La Patria aplastando a la Matria, hablando de una nación traicionada que ni siquiera existía cuando se dieron los hechos.
La justicia llegará cuando dejemos de usar su nombre para denostar, analicemos su actuar dentro de su contexto histórico y veamos los contras y los pros del resultado; cuando reconozcamos el valor de esa señora que fue factor decisivo de los inicios del mundo del que ahora somos parte.
Doña Marina desapareció misteriosamente de la historia, no se sabe con exactitud cómo ni cuándo murió, pero su legado ha prevalecido a través de los siglos. Bueno sería que tuviéramos un retrato de esa gran heroína para colgarlo en la habitación más importante de la casa.



