LA VIDA ES BELLA

Crónicas del Espíritu
LA VIDA ES BELLA
Iván Juárez Popoca
Somos mortales y hemos de aceptar las leyes de la naturaleza, estando listos para aceptar lo inevitable. Sin embargo, apreciamos las cosas hermosas que nos rodean y tendemos a cuidar nuestra salud. Pero además hemos de hacer todo lo posible por vivir de una manera alegre, virtuosa y duradera.
La francesa Jeanne Calment vivió ciento veintidós años y es considerada la persona más vieja jamás conocida. Y lo más importante: mantuvo una vida sumamente activa hasta los cien y traspasó los ciento veinte en buena condición física y mental.
Se llevó a cabo un estudio sobre la longevidad en Francia y durante ésta fue entrevistado un grupo representativo de personas de edad avanzada. Al principio se pensaba que se encontrarían individuos austeros y disciplinados, pero resultó que la mayoría eran bastante desordenados, bebían y gustaban de todas las cosas simples de la vida.
Un rasgo unía a ese grupo de supervivientes: una actitud positiva y una alegría predominante, además del vino francés, claro.
La preocupación, el odio, la ira y demás emociones negativas influyen negativamente en el cuerpo humano.
Debemos aprender a vivir sin el fardo de un pasado y un futuro que no existen y ocuparnos en aquellas cosas que están al alcance de nuestras manos, bajo nuestro control. Aquellas que están fuera del área de nuestra influencia no dependen de nuestras acciones y con sufrir y patalear no arreglaremos nada, al contrario: empeoraremos la situación.
Pongamos lo que está más allá de nuestro poder en las manos de Dios.
Vivamos de acuerdo a la naturaleza, aceptemos nuestra realidad para avanzar desde allí y hagamos a un lado ese sentido de importancia que no tiene razón de ser: no somos más que pequeñas criaturas que viven en un diminuto punto del universo. Somos efímeros y nuestro planeta también lo es: algún día desaparecerá, transformándose en algo diferente.
Una práctica de la filosofía Estoica que ayuda mucho es visualizarse en un ataúd: futuro inexorable. Esto remite a la verdadera dimensión de los problemas y lleva a la valoración de cada minuto de la existencia.
Hay que tomar conciencia de que, tarde o temprano, vamos a partir y que hoy puede ser el último día.
Muchos creen que lo saben, pero no lo saben: sólo creen, no hay una comprensión emocional y constante. Se desperdicia el tiempo en actividades frívolas y en sufrimiento innecesario.
Resulta recomendable vivir intensamente, evitar discusiones inútiles, amar sin exigir ser amados y disfrutar de las cosas agradables.
No hay que posponer la felicidad ni consumirnos en medio del temor y el resentimiento: esas son prácticas de los que se piensan inmortales.



