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El día que el corazón nos volvió al cuerpo: México vence a Chequia en una noche de puro orgullo

Hay noches en las que el fútbol deja de ser un simple juego de once contra once y se convierte en un espejo del alma de un país. Lo que vivimos ayer no fue solo una victoria en la cancha; fue un desahogo colectivo, un grito atrapado en la garganta de millones que por fin pudo romper el silencio. México le ganó a Chequia, sí, pero, sobre todo, México se volvió a encontrar consigo mismo.

Veníamos de días grises, de dudas que calaban hondo y de esa dolorosa costumbre de dudar de los nuestros cuando más necesitan que creamos. El rival no era fácil: una escuadra checa ordenada, física, implacable, que por momentos parecía un muro de piedra imposible de derrumbar. Cada avance de ellos nos encogía el corazón; cada choque nos dolía en el orgullo.

Pero ayer, los once que vistieron la verde no jugaron sólo con las piernas; jugaron con la memoria de un pueblo que sabe lo que es caer y levantarse.

El partido fue una batalla de asfalto y sudor. Hubo momentos de sufrimiento puro, de esos donde se congela el aliento en la tribuna y frente al televisor. Pero ayer la selección tuvo algo diferente: tuvo alma. Se vio en cada barrida milimétrica, en el guardameta que se estiró hasta donde las leyes de la física no alcanzan, y en unos ojos encendidos que se negaban a aceptar la derrota.

Cuando cayó el primer gol, a cargo de Mateo Chávez, el tiempo se detuvo. No fue un gol cualquiera; fue una explosión. Y sí con ese gol, México sintió que pisaba seguro, llegó el segundo, el de Julián Quiñones. Aquí, la locura de los 80,824 aficionados, la mayoría a favor de México, se desbordó.

Luego hubo un cambio significativo, el del portero, salió Raúl «Tala» Rangel y entró para su despedida de las chanchas, un guardameta que ha jugado seis mundiales: Guillermo Ochoa, a quien el público le mostró su cariño con aplausos y celebrando sus atajadas.

Y cuando el ánimo estaba por todo lo alto, llegó un tercer gol, que estuvo a cargo de Álvaro Fidalgo. Aquí sí, fue apoteósico el gusto de los mexicanos.

En las calles, en las casas, en las plazas públicas, el estruendo fue un solo eco: ¡Gol de México! Vecinos que no se conocen se abrazaron, las lágrimas brotaron sin pedir permiso y los niños saltaron con la inocencia de quien apenas empieza a heredar esta bendita y hermosa locura que es ser mexicano.

«Nos podrán faltar muchas cosas, pero nunca nos va a faltar el coraje para plantarle cara al destino.»

Esta victoria ante Chequia devuelve la fe. Recuerda que la camiseta verde pesa, que tiene historia y que está hecha de la misma fibra que nuestra gente: resiliente, apasionada y eterna.

Hoy nos despertamos con el pecho un poco más inflado, con una sonrisa que no nos cabe en el rostro y con el recuerdo fresco de una noche mágica. Gracias, muchachos, por recordarnos lo hermoso que se siente gritar un gol con el alma.

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