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EL ALMA DEL DANZÓN: PORQUE LA TRADICIÓN DE SUS ROLES NO ES CAPRICHO, SINO IDENTIDAD

Por Coty Dávila

Hay ritmos que se escuchan con los oídos, pero el danzón se lee con los ojos. Quien haya contemplado una plaza iluminada, el vaivén cadencioso de los abanicos y el brillo impecable de los zapatos de charol, sabe que este género no es una simple sucesión de pasos sobre el asfalto. El danzón es una liturgia. Es un diálogo silente donde la elegancia y la precisión matemática se encuentran. Precisamente por esa naturaleza casi sagrada, hoy más que nunca se vuelve imperativo reflexionar sobre los límites de la innovación y la absoluta necesidad de preservar la pureza de su interpretación tradicional.

En los últimos años, la danza folclórica y popular ha experimentado una ola de deconstrucción. Es comprensible, y hasta saludable, que las nuevas generaciones busquen explorar los límites del cuerpo y el ritmo. Sin embargo, existen géneros cuya esencia misma reside en su estructura originaria. El danzón es uno de ellos. Su origen y su naturaleza más íntima descansan sobre una base inamovible: el juego de contrastes, la tensión estética y la complementariedad absoluta entre la figura del hombre y de la mujer.
Modificar esta dualidad en la pista social o de concurso no es «modernizar» el danzón; es despojarlo de su lenguaje fundamental.

Conviene hacer una distinción justa y necesaria. El arte escénico es libre por definición. Es perfectamente válido y aplaudible ver propuestas coreográficas contemporáneas, montajes teatrales o exhibiciones interpretadas exclusivamente por grupos de hombres o colectivos de mujeres. Estas exploraciones enriquecen el panorama artístico y demuestran la versatilidad de los ejecutantes. Pero la línea roja se dibuja con claridad cuando se intenta bailar el danzón en pareja conformada por dos hombres o dos mujeres dentro del marco del baile genuino.

¿Por qué? Porque el danzón en pareja no es un simple ejercicio de simetría. Su estructura técnica y estética exige una polaridad: el varón, con su porte sobrio, marca el compás, ofrece el eje y guía con una firmeza sutil; la mujer, con su elegancia innata, adorna el espacio, dialoga con el abanico y responde a la conducción con una cadencia que le es propia. Cuando dos personas del mismo sexo intentan replicar esta dinámica en pareja, el código se distorsiona. Se pierde el equilibrio visual, el peso histórico y la razón de ser de los descansos y los remates. No se trata de intolerancia ni de cerrazón; se trata de respeto a la partitura corporal que los bailadores cubanos y mexicanos esculpieron a lo largo de los siglos.
Defender la pureza del danzón en la pareja hombre-mujer no es un acto de nostalgia rígida, sino un ejercicio de conservación cultural. Así como no concebimos alterar las reglas de un son jarocho o la indumentaria de la Guelaguetza bajo el pretexto de la vanguardia, debemos entender que el auténtico danzón tiene un ADN que debe ser protegido.

Asimismo, resulta conveniente reconocer que la pureza del danzón radica entonces en su historia, en su rol tradicional y en la conexión íntima que se crea entre un hombre y una mujer en cada paso.

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