CÓMO EVITAR ENCABRONARSE

Crónicas del Espíritu
CÓMO EVITAR ENCABRONARSE
Iván Juárez Popoca
Nos han programado para considerar que enojarse es de lo más normal y, a veces, hasta deseable. Para muchos lo bueno es el “encabronamiento”: palabra que nos remite a la actitud propia de un chivo furioso. Sin embargo, el enojarse en realidad es algo tóxico, destructivo y tan es así que -dentro del contexto religioso- la ira es considerada uno de los pecados capitales que deberíamos combatir a toda costa.
Santa Teresa de Jesús (1515-1582) dejó enseñanzas para evitar la ira que son de gran efectividad y que coinciden con prácticas de varias tradiciones, con el Estoicismo y aún con la psicología moderna.
He aquí algunos puntos que se desprenden de las meditaciones de la que es considerada “Doctora de la Iglesia Católica”:
En primer lugar debemos aceptar que en algún momento todos nos dejamos llevar por sentimientos de ira que proceden del Ego lastimado: la frustración ante una realidad que no corresponde a nuestro deseo y el comportamiento de las personas que -según nuestra perspectiva- no son cómo deberían ser nos sacan de quicio. Por lo contrario, la serenidad se basa en aceptar las cosas cómo son y comprender que lo único que está bajo nuestro control es nuestra respuesta emocional; lo demás hay que dejarlo en manos de Dios (la energía, la vida, o el fluir de los acontecimientos si se prefiere) y dejar que ello nos sorprenda, con la humildad del que dice “hágase tu voluntad y no la mía”.
Cada mañana hemos de empezar con agradecimiento y ofrendar el día a un objetivo que nos resulte justo y motivante.
El ser humano puede observarse a sí mismo y esta práctica es necesaria para detectar las reacciones de furia en el momento en que se están forjando y parar: respirar hondo y “contar hasta diez” antes de actuar con violencia. Podemos incluso guardar silencio y retirarnos a una soledad que puede darnos consejo y serenidad.
“Humildad es andar en verdad” -decía Teresa- y hay que hacer a un lado el sentido de importancia que nos empuja a discusiones inútiles porque queremos tener la razón siempre. Reconocer nuestra pequeñez ante el universo nos ubica e igualmente nos permite comprender nuestras faltas y darnos cuenta de que detrás de alguien que nos insulta o agrede de alguna manera existen heridas psicológicas o a la ignorancia. Lo cual no implica soportar afrentas: hay que poner límites y exigir respeto al igual que respetamos al otro. Sin embargo, a pesar de las fallas hemos de aprender a perdonarnos y a perdonar a los demás, recordando la recomendación de “perdónalos que no saben lo que hacen.”
El buscar el prestigio o la fama es algo que nos lleva al conflicto. Esa actitud de querer sobresalir y tener la razón a toda costa es absurda; hay batallas que no valen la pena. Cuando nos topamos con personas beligerantes, necias o que no tienen argumentos para polemizar lo mejor es retirarse, ser y dejar ser.
“La loca de la casa” es una forma en que se refería la religiosa a la mente. Y es que, en verdad, la imaginación, los prejuicios y la basura acumulada puede producir pensamientos ilógicos que a su vez serán el origen de emociones negativas y actos fuera de control. Para apaciguar a esa desquiciada nada mejor que la meditación y el orar buscando una conexión auténtica con un poder superior a nosotros mismos.
En lugar de desperdiciar nuestra energía en berrinches lo que debemos hacer es ubicar objetivos valiosos. El tener una vida con propósito -diría la monja carmelita- nos permite acceder a la alegría y a la compasión.



