Agradecimiento a Rosalinda, por su legado teatral en Salamanca

El espejo
Agradecimiento a Rosalinda, por su legado teatral en Salamanca
Por Galia Razo
Los nervios siempre afloraban antes de la función. Por más ensayos que se hubieran hecho, por más que se supieran los trazos, los parlamentos y las canciones al dedillo, escuchar el anuncio de “tercera llamada, tercera. Comenzamos”, generaba adrenalina a cada uno de los que en un momento más, con los respectivos vestuarios, saldríamos a escena.
Quien nos ponía en esos predicamentos era la maestra Rosalinda Gutiérrez Ledesma, pues con sus exigencias -porque así era-, nos contagiaba de su pasión por hacer teatro. Pero el respeto a esa exigencia, era porque a nosotros también nos gustaba. Y es que solo quien le tiene amor a una disciplina, puede entregar horas y días, a repetir una y otra vez parlamentos que requieren una intención; o insistir en un paso, una y otra vez hasta que saliera todo como debía ser.
Luego, asumir la personalidad de los personajes que correspondían, era no solo un reto, sino sufrir una pequeña transformación personal para tratar de comprender a ese otro ser que era el representado. Pero esto no era más que un pequeño eslabón respecto de la comprensión total de la obra en su contenido, intención y proyección.
Trazar la obra, las entradas y las salidas, los tiempos de obscuros, de efectos especiales, de la música, de cambio de vestuario, todo era un aprendizaje que solo pasado el tiempo se valora intensamente.
Posteriormente, llevar a escena historias hermosas como Jesucristo Superestrella, El Diluvio que viene, Evita, José el Soñador, Cats, todas ellas musicales que marcaron una época feliz para quienes tomábamos parte, además de otras obras como el Romancero de la Vía Dolorosa, fueron creando la presencia de esta necesaria disciplina artística en la ciudad de Salamanca.
Todo esto se ha venido a la mente y ha hecho palpitar más intensamente el corazón, además de que inevitables asoman las lágrimas, cuando le hemos dicho adiós a la maestra Rosalinda, descendiente de una familia dedicada al arte, principalmente la música, que ha emprendido el camino hacia la casa de “Papá Dios”, como ella siempre le denominó al Creador.
Deja como legado el haber infundido el amor al teatro a muchas generaciones, en su Centro de Teatro Infantil y Juvenil “Salamanca”, pero también a sus alumnos de la Preparatoria Salamanca, donde, como un semillero, ella supo conducirlos en escena y mostrarles de lo que eran capaces estando en ella.
El teatro fue para ella su sentido de vida, su pasión. Baste saber que su boda civil, fue en un escenario, dentro de la representación de una obra y hasta ahí acudió el oficial del Registro Civil. Enrique Rubio, su esposo, era también amante del teatro y ambos llevaron a escena muchísimas obras.
Cuando acudimos a darle el último adiós, no pudimos sentir un estremecimiento al ver la capa de José el Soñador sobre su ataúd, pues torrentes de recuerdos se volcaron.
Seguro que muchos de quienes fuimos sus alumnos, deseamos que su alma se emocione allá, donde ahora habita, cuando escuche su tercera llamada para comenzar la función ante el Ser Superior, ya que nosotros acá, no olvidaremos la oración que, tomados de las manos, elevábamos instantes antes de comenzar:
Dios uno y trino, supremo artista,
Tú que pusiste en nosotros un destello de ti
Enséñanos a proyectar el arte con dignidad
Para poder llegar a ti.



