¡Ay mariposas!

Percepción Femenina
¡Ay mariposas!
Blanca Báez
Un sábado, a las cuatro de la mañana, estábamos mi amigui y yo, adormiladas y emocionadas porque íbamos a ver a las mariposas monarca: -antes de que se vayan…o que ya no haya.
Mis expectativas honestamente no eran altas, a lo largo de mi vida las fui a ver al menos tres veces, esta era la cuarta. La primera vez hace muchos años, nos reunimos varias familias y recuerdo que nos transportamos dentro de un camión de redilas que entre tumbos y brincos nos llevaron en el ascenso. La experiencia maravillosa por supuesto, desde la emoción de ir sentado y con la misma estabilidad que una gelatina, hasta llegar a la explanada y luego de iniciar una caminata que nos sirvió para armarnos el esqueleto magullado, llegamos a la explanada en donde la naturaleza, siempre explícita nos brindo su espléndida escena.
Las mariposas amarillas estaban sobre todas las ramas de los oyameles. Era tal cantidad de ellas que doblaban las ramas, algunas dormidas, muchas muchas más revoloteando; por el frío de la montaña algunas entumecidas yacían a lo largo del camino, era tal cantidad que por más que nos esforzábamos era inevitable pisar algunas, vimos algunas muertas, he de confesar que, en ese tiempo, varios de nosotros nos trajimos algunos cadáveres. La vigilancia que recuerdo era un par de guardias forestales montados a caballo. Ese día tuvimos oportunidad de pasar algunas horas contemplándolas, nos internamos en el bosque a explorar, platicando, riendo, llorando por la emoción. Las nobles mariposas se acercaban, se posaban en tus brazos, en las gorras, en tu ropa y era la ocasión perfecta para sacar las cámaras y tomar las fotos.
La segunda vez fue para llevar a las “visitas de fuera” a ver las mariposas. Casi diez años después, el panorama había cambiado. Ya había todo un incipiente desarrollo de comedores en donde las mariposas eran el pretexto para tomar atole, tamalitos, saborear quesadillas de hongo, de flor, por supuesto con maíz negro, morado y rojo. La cuesta para ascender muy empinada y tortuosa, hecha a fuerzas de pasar y pasar, teniendo mucho cuidado de no caer o ser empujada por los caballos que ascendían por la misma cuesta. Las mariposas no fallaron, estaban ahí, sorprendentemente en menor cantidad, con mayor personal vigilando. Regresamos a casa pensando que la población disminuía con gran rapidez, pues ya no había más árboles, se veían devastadas las zonas que antes eran un bosque cerrado.
Ahora en esta visita el panorama tuvo un giro de 360 grados en comparación. Decenas de autobuses llegaron a una amplia explanada de estacionamiento, bajamos, acudimos a los sanitarios, (igual que en todo el país, las mujeres tuvimos que hacer enormes filas para poder ingresar, pues aún no se quieren dar cuenta que necesitamos una cantidad triple de servicios), luego caminamos hacia la zona de comida, ahí varias casitas de madera despedían ricos olores de comida típica, atole, café, quesadillas, huaraches, sopes; además de muchos vendedores ambulantes que te ofrecen pan hecho en casa, pasteles, ropa de lana tejida a mano, hermosos bordados cuya tema principal son las mariposas ambarinas. También niños que nos ofrecían varas de bambú para apoyarnos en el ascenso, a “veinte peso”, metros más adelante a “die peso” y finalmente ya cerca del camino para iniciar el ascenso a “cinco pesillos jefa”. Nosotras compramos, porque eran varas fuertes que si no servían para ascenso, si nos sería útiles para las piñatas. Caminamos de esa explanada, a través de unos pasillos flanqueados por puestos de comida, artesanías, cervezas artesanales, dulces, refrescos, y una infinidad de productos mariposeros, pensábamos, “al final del camino estarán las mariposas”, aunque los árboles se veían lejos. Después de 20 minutos de puestos, otra explanada, a la izquierda mas comederos y la taquilla de ingreso a las mariposas. Todo un escenario dispuesto para prepararnos para subir mas. Un pequeño foro proyectaba un video de las mariposas, a la derecha la fila para los sanitarios, a la izquierda la fila para pagar la renta de los caballos. Conscientes de que esta sería nuestra última visita y en vista de que el bosque seguía viéndose a la distancia, decidimos que era mejor pagar el ascenso y bajar a pie. El día anterior había caído una super granizada que dejó el bosque lleno de hielo, la tierra era lodo pastoso, el clima frío y las mariposas por supuesto habían sufrido todas estas inclemencias, muchas de ellas estarán muertas o tardaran en salir, si es que salen y eso será después de medio día, nos dijeron. No importa, aún es temprano pensamos así que en lo que subimos en caballo, no ha de estar muy lejos, los amigos de los caballos se sonrieron, mala señal pensé.
Eso de montar a caballo no es lo mío, mis pies no alcanzan a meterse en los estribos, la silla no tiene respaldo, el cuaco no tiene volante ni barandal para agarrarse, menos cinturón de seguridad, así que con la rienda en la mano y la encomienda de agarrarla, pero no jalarla porque el “Palomo se para”, iniciamos el ascenso, ¡ay Dios! El camino fangoso hacía que mi corcel se patinara entre las piedras, se metía serpenteando en el camino y me aventaba ramas de árboles, de repente agarraba “vuelo” se encarreraba para subir a trote en la vereda empinada. Mi espalda baja reclamaba, mis piernas apretaban la pancita del Palomo y no pude gritar porque mi alma me abandonó desde el primer derrapón. Mi caballerango en turno, a ratos me decía, “agárrese seño, yo vengo aquí atrás cuidándola”, ¡ay ajá!. Luego de eternos veinte minutos llegamos a otra explanada en donde apenas se veían los árboles. Bajamos como vaqueros con almorranas. Sacudimos nuestro orgullo, tomamos el báculo de bambú e iniciamos el ascenso por casi ¡cincuenta minutos más! Caminamos entre más caminos de lodo, rocas, musgo, granizo, riachuelos de agua helada. Algunas mariposas entumecidas nos saludaron, los vigilantes de a pie, no tanto; los letreros nos advertían que guardáramos silencio que ingresábamos a una zona protegida, que camináramos por las veredas sin salirnos.
Para no hacer mas largo este cuento, al fin las mariposas nos brindaron la oportunidad de verles. Poblaciones pequeñas en las copas de los árboles nos indicaron que estaban dormidas. Otros puñados más, muertas a cada lado, sobre los troncos y ramas que confirmaban la versión de la granizada. En esta ruta las personas se van sentando en lo que pueden para poder contemplarlas, unos fatigados toman un respiro, otros blandiendo su celular guardan todas las escenas que pueden, los mas románticos y sensoriales observamos abriendo todos los canales. Permanecimos en la contemplación al menos dos horas, sobra decir que la población de las mariposas es mínima en comparación a mis visitas anteriores; si en la primera visita lloré por la inmensa cantidad de mariposas, ahora casi lo hago por la disminución de población. Mucho personal que portaba chalecos, nos observaban, pidiendo que no las tocáramos, que guardáramos silencio y que no saliéramos de la vereda y nos quedáramos hasta ahí, sin poder ascender más. Nos despedimos de las mariposas, con mucha tristeza y frustración.
Cerca de la una de la tarde iniciamos el descenso, apoyadas por la hermosa rama de bambú y agradeciendo el no habernos hecho el pedicure, pudimos bajar más o menos sin incidentes. No así muchas personas que resbalándose en el lodo, nos rebasaban de sentón con el riesgo de provocar una avalancha humana. Otros más fatigados y con las piernas temblorosas se orillaban a la orilla para aplacar sus ánimos. Tardamos casi una hora en bajar los diferentes niveles, hasta llegar a los escalones improvisados y barandales con soga que nos permitieron andar con relativa seguridad. Así como bajábamos, muchas personas más subían: jadeantes, anhelantes, con la esperanza de que hubiera escaleras eléctricas o al menos un elevador para lograr llegar a la meta. No todos llegarán, la distancia es larga y el esfuerzo mayúsculo si no tienes condición física, desilusionados tendrán que parar y bajar sin alcanzar a verlas, (nadie les dijo o no preguntaron la distancia ni los pormenores del camino), pues son: adultos mayores con dificultad para caminar, padres de familia con varios niños pequeños y bebés, personas con sobrepeso, personas con problemas de salud, hombres pero principalmente mujeres con zapatos inadecuados (zapatillas, tenis sin antiderrapante, botas, huaraches).
Apenas llegamos a la primera explanda y corrimos a formarnos a la fila de los sanitarios, luego a comer una rica sopita de hongos con cecina, luego a comprar “alguito” porque los vendedores te recuerdan: “doña, usted dijo que me compraba algo a la bajada”. Finalmente arribamos al estacionamiento, en donde el niño que nos vendió el bambú ahora pedía que se lo regalaras. Nos los trajimos como recuerdo, (al bambú, no al niño), del día que fuimos “sherpas” hacia las monarcas.
El camino de regreso no les platico porque caímos dormidas, en calidad de bulto enlodado y despertamos entrando al “dulce nido”. Los viajes ilustran…y dejan una profunda reflexión… de las necesidades, de los negocios, del abuso que hemos hecho de la naturaleza.
Aún tiene tiempo de ir a visitarlas, inician su vuelo de regreso a finales de abril. Si llega a ir, salúdelas de mi parte y ofrezca una disculpa a nombre de todos los humanos del mundo.



