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Tres muertes en Navidad: una historia de venganza

Gonzalo Enrique Bernal Rivas

Por generaciones los ancestros de Pablo, el pavo, habían vivido en la granja de la familia Sánchez. Libres, bien alimentados y protegidos de los peligros, no había ningún familiar de Pablo que no hubiera sido habitante de ese lugar. Sin embargo, todos ellos también habían muerto en la víspera de navidad para convertirse en el platillo principal de la cena del 24 de diciembre.
Desde pequeño, Pablo se había convertido en amigo inseparable de Jaime, el hijo más pequeño de los Sánchez. Todos los días al llegar de la escuela los dos jugaban a perseguirse, mientras que el resto de los animales los observaban, pensando —están locos—. Por las tardes Jaime jugaba con Goyo, un gato gris, gordo y flojo, y también con Mazapán, un perro grande al que no le gustaba bañarse. Pablo se sentía celoso, pero entendía que Jaime podía tener más amigos animales.Pablo tenía esperanzas de que su amistad con Jaime lo salvara, un día, de terminar en ese platón de cerámica, ovalado y blanco, que la señora Sánchez tenía exhibido en la vitrina durante todo el año y que usaba solamente en ocasiones especiales, como en nochebuena. Por si llegaba a ser traicionado por Jaime, Pablo hizo un juramento desde que era muy joven.

—Si llego a convertirme en platillo navideño me vengaré de Jaime por no haberme protegido y por preferir a ese gato inútil y a ese perro mugroso y me los llevaré a los dos conmigo.
El tiempo pasó volando y un día Pablo había crecido lo suficiente para ser la cena de Navidad. Su moco era suficientemente grande para que cualquier granjero se diera cuenta de que era un pavo adulto en plena salud.
Ese terrible día, el señor Sánchez salió al patio, tomó el hacha y se dirigió hacia Pablo. Entonces, el pavo supo que su hora había llegado. Mientras lo tomaban del cuello recordó su juramento y cerró los ojos.
De la cocina salía todo tipo de olores mezclados entre sí. El aroma de manzanas, carne molida, tocino, vino, aceite, ajo, cebolla, y por supuesto pavo llenaban la casa y escapaban por las ventanas hacia el patio. Goyo y Mazapán estaban embrujados por el olor embriagador del pavo de ese año. Pablo sería delicioso.
Cuando dieron las 9 de la noche el pavo estuvo listo y como ya se sabía se sirvió en el platón ovalado en el centro de la mesa, sobre un mantel cuidadosamente planchado. El señor Sánchez cortó el pavo y lo sirvió a su esposa, sus hijos, y también a los tíos y los abuelos de la familia, a sus compadres, sus amigos y vecinos. El pavo apenas alcanzó para alimentar a todos. Para las 12 de la noche lo único que quedaba del pobre Pablo eran sus huesos, algunos pellejos y las escasas sobras que habían dejado los invitados en sus platos.
Ya en la madrugada, la señora Sánchez reunió los restos de Pablo y decidió darle la mitad a Goyo y la otra mitad a Mazapán. —Van a relamerse— pensó.
En un plato de plástico, el gato y el perro recibieron cada uno su parte de las sobras. Los dos comieron encantados hasta que Goyo empezó a toser, y luego Mazapán. En la mañana, los dos estaban tirados en el suelo del patio, cada uno al lado de su plato que no pudieron terminar. Pablo había cumplido su palabra.

 

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