El opinadero

EL PODER DE LA ORACIÓN

Iván Juárez Popoca

La oración no es solo pedir. Es un acto consciente de conexión interior. Es detener el ruido, enfocar la mente y dirigir el pensamiento y el corazón hacia algo más grande que nosotros: la vida, la salud, la paz.

La oración tiene poder porque cambia primero a quien ora. No siempre cambia la situación de afuera, pero siempre cambia la actitud de adentro.

Da calma donde había ansiedad, da esperanza donde había miedo y da fuerza donde había cansancio. Quien ora con constancia siente que no está solo. Y sentirse acompañado ya es sanar.

Aun sin hablar de religión, la ciencia reconoce sus efectos: Calma el cerebro: Al orar, baja la actividad de la amígdala, el centro del miedo. La respiración se hace lenta, el cortisol (hormona del estrés) disminuye. Al poner en palabras lo que nos duele, el cerebro deja de dar vueltas y encuentra claridad. La mente cree que algo bueno va a pasar. Esa expectativa positiva activa mecanismos reales de recuperación física y emocional.

Existen casos documentados donde personas en oración entran en un estado de paz profunda que no se puede explicar solo con la relajación. Orar es un acto de salud integral. No importa si usted le llama oración, meditación o intención profunda. Cuando lo hace con fe y con corazón, usted se conecta, se equilibra y se fortalece.

Hace unos días tuve una fuerte discusión con un tipo al que me liga un negocio del que no puedo zafarme de inmediato. Hoy tenía que verlo sabiendo que habría bronca, me resbalaba del presente y sentía estrés. Intuitivamente cerré los ojos y empecé a rezar el «Padre Nuestro» que para mí es, aparte de la plegaria recomendada, un mantra poderoso. Lo repetí varias veces y en mi mente resonaba con fuerza aquello de «perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden».

Salí al encuentro relajado y con gran seguridad. Cuando escuché recriminaciones injustas callé, comprendiendo la neurosis del otro, incluso le pedí disculpas por mi actitud agresiva del encuentro anterior. Detecté algunas mentiras que no afectaban la actividad pero si pretendían denostar, preferí dejar pasar: a veces es mejor tener paz que tener razón.

La paz no fue total en mi contraparte, pero se suavizó y yo sentí una gran tranquilidad, casi alegría.

Ya en la calle me topé con ancianos, un discapacitado, mujeres coquetas, guapos, feos, pordioseros…observé la gran variedad que conformamos y sentí una gran simpatía por ellos y por mi propia persona. Y, curiosamente, en varias situaciones fui tratado con especial respeto y cortesía.

Sé que el sentimiento positivo tiende a desvanecerse y que hay que trabajar diariamente para contactar con el buen espíritu, pero al menos hoy lo he disfrutado: abrí los ojos un momento y doy gracias a Dios, porque suyo es el reino, suyo es el poder y la gloria, ahora y por los siglos de los siglos.

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